jueves, 10 de enero de 2019
jueves, 3 de enero de 2019
¿Es posible educar sin exámenes?
Profesor
de Ciencias de la Educación, Universidad de León
29/12/2018
Era el primer día de clase. El profesor explicaba al alumnado
que durante los próximos cinco años les enseñaría “toda una serie de mentiras muy
bien trabadas unas con otras en las que ustedes creerán ciegamente el resto de
sus vidas…”. Tras lo cual, mirando a los estudiantes, inquirió:
“¿Alguna pregunta?”. Desde la tercera fila, uno de ellos levantó la mano para
preguntar: “Sí… ¿Esto entra en el examen?”.
Esta viñeta, realizada por Miguel
Brieva, dibujante y escritor
crítico, ácido y punzante, la suelo poner al principio de mis clases, en cada
curso académico, para reflexionar sobre un aspecto fundamental y clave del acto
educativo y de todo el proceso de aprendizaje y de enseñanza: la importancia
que le damos a la evaluación en el proceso de enseñar, pero que acabamos
reduciendo a “los exámenes”. Porque, al final, parece que lo que realmente
importa es aquello que “entra para el examen”. Tanto para el profesorado, pues
es sobre lo que le piden que evalúe, como para el alumnado, pues es sobre lo
que es valorado y calificado. Porque de los exámenes dependen las notas. Y de
las notas, pasar o no al siguiente curso y, al final, obtener o no la
titulación.
Vivir para aprobar
Y más ahora que nunca, con la presión de los organismos
económicos internacionales como la OCDE, que insiste reiteradamente en
hacer rankings de centros educativos, de regiones y de
países para publicar los resultados obtenidos, como si de una liga de fútbol se
tratara. Los centros educativos, pero también los países, se ven presionados
para situarse en los puestos superiores de ese ranking,
ser los que mejores resultados obtienen en esos exámenes estandarizados. Lo
hacen presionando a sus colegios para que dediquen buena parte de su tiempo y
esfuerzo a conseguir resultados en esos exámenes. El profesorado, a su vez, se
ve presionado para exigir a su alumnado que centre su tiempo y esfuerzo en
preparar lo que les piden en esos exámenes, para que su respectivo centro se
coloque en lo alto del ranking.
Por eso España, en sus últimas reformas educativas,
ha incrementado exponencialmente el número de exámenes estandarizados a los que
son sometidos los estudiantes ya desde Primaria. De hecho, me cuentan algunas
familias que en algunos centros han convertido lo que se denomina “evaluación
continua” en exámenes continuados. Y sus hijos e hijas, ya con solo 8 y 9 años,
entran en una espiral en la que hay semanas que tienen un examen diario. Me
recordaba, de forma irónica, aquel anuncio de los años 70 que proclamaba “todos
los días un plátano, por lo menos”, pero en formato examen.
La importancia desmedida que se le está
concediendo a este modelo de “examen permanente” puede significar un cambio
crucial en los objetivos de la escuela.
Se empieza a poner el acento en medir el
rendimiento y los resultados del estudiante en estos exámenes, más que en
atender las necesidades del mismo. Y medir el “éxito” también del profesorado y
de los centros en función de la adaptación a la conformidad de las demandas
exigidas en esas pruebas estandarizadas. El buen docente comienza a ser el que
genera buenos resultados, convirtiéndole en un “preparador de exámenes”.
Convertir el deseo de
aprender en afán de aprobar
El efecto colateral es que algunos centros
empiezan a pensar más en lo que el estudiante pueda hacer para prestigiar la
escuela que en lo que la escuela pueda hacer para mejorar al estudiante, por lo
que esos centros acaban seleccionando a sus “clientes” (familias motivadas,
estudiantes competentes) para que sus estadísticas no se vean afectadas y poder
mantener su nivel de competitividad con los otros centros y su imagen de “alto
nivel”.
El alumnado con dificultades y diversidad se
convierte en un posible “estorbo” que puede hacer descender los resultados del
centro y que se procura “derivar” a otros centros.
Los especialistas apuntan que este modelo está haciendo daño al alumnado y
empobreciendo la educación, aumentando aún más el ya alto nivel de estrés en
las escuelas, con una presión constante por el rendimiento, lo que pone en
peligro el bienestar de los estudiantes y de los docentes.
En los datos del informe PISA 2015, sobre cinco preguntas
relacionadas con la preocupación por exámenes, notas, etc., se elabora un “índice de ansiedad en relación con el trabajo escolar” en el que España es segunda. Por eso alertan de que esta dinámica
supone un riesgo real de matar el placer de aprender, transformando el deseo de
aprender en afán de aprobar.
No es de extrañar que el Estudio
sobre Conductas Saludables de los Menores Escolarizados de la OMS (HBSC, 2016) muestre que el porcentaje de escolares que afirma que le
gusta “mucho” la escuela desciende con la edad, pasando del 54% de los alumnos
y el 44% de las alumnas a los once años, al 23 y 20% a los trece y 17 y 13% a
los quince.
Debemos reconsiderar esta forma de enfocar y reducir la
evaluación a exámenes y pruebas estandarizadas recordando que, como han demostrado reiteradamente especialistas en este campo, los exámenes prueban la memoria puntual, no la inteligencia ni
la creatividad, ni contribuyen a su desarrollo. Además, genera un modelo
centrado en “repasar” los conocimientos señalados (a menudo, resaltados en
negrilla en el libro de texto), que tienden a olvidar una vez pasado el
objetivo examinador para el que fueron memorizados, y que convierten el
aprendizaje “en un aburrimiento”, según manifiestan los estudiantes.
Otra evaluación es
posible y necesaria
La evaluación en el período de educación
obligatoria, hasta los 16 años, debe ser fundamentalmente una herramienta de
mejora. No se puede reducir la evaluación a exámenes. La evaluación es un
proceso integral cuya finalidad es dar información a todos los participantes en
el proceso educativo (al alumnado, por supuesto, pero también al profesorado, a
la comunidad educativa y a la administración educativa) que les ayude a mejorar
esos procesos de enseñanza y aprendizaje.
La evaluación supone aprender a trabajar con la “pedagogía del error”,
donde el error se convierte en una oportunidad de aprendizaje y
no en una ocasión para ser sancionado o calificado negativamente. Una oportunidad
para explicar cuál ha sido tal error o errores y enseñar alternativas que
ayuden a entender los fallos y abrir nuevas formas de abordar los problemas,
superando las dificultades detectadas. Solo así la evaluación cumplirá su
función básica como herramienta para mejorar el proceso de
enseñanza-aprendizaje.
Pero, para ello, para dar feedback al
alumnado, para revisar y corregir sus producciones, para preguntar a cada cual
cómo planteó y desarrolló la solución al problema o el trabajo realizado, es necesario
que un profesor trabaje con grupos pequeños, de no más de 15 o 20 alumnos y
alumnas, con quienes pueda
personalizar el proceso y enseñar y evaluar realmente de forma continuada. Para
eso no se necesitan exámenes en el sentido habitual de la palabra, porque el
profesor o la profesora está “examinando” continuamente el proceso que se está
realizando y evaluando permanentemente las dificultades y logros que tiene su
alumnado en el trabajo cotidiano del aula, además de sus propios aciertos y
fallos a la hora de planificar e implementar su labor de enseñanza en el aula.
La evaluación así entendida es parte
constitutiva del proceso formativo en las instituciones educativas y una
herramienta para reconocer sus avances y dificultades, no solo del alumnado,
sino de toda la institución y de la administración educativa responsable, y
ayudar a mejorarlos.
Solo desde este enfoque podremos diseñar políticas y estrategias
orientadas a mejorar las prácticas pedagógicas con un sentido formativo y no
culpabilizador de escuelas, docentes y estudiantes porque, como dice el
aforismo pedagógico, “tal como evaluamos, así enseñamos”.
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