lunes, 27 de agosto de 2018
“Lo que no se aprende en primero, se aprenderá en segundo. El aprendizaje en la infancia se debe tomar con calma, para no entorpecer al cerebro”
David Bueno,
genetista y divulgador sobre neurociencia y educación, habla sobre el
aprendizaje en la primera infancia y la importancia de estimular a los niños y
niñas pero siempre respetando los ritmos para no convertir la educación en una
imposición desagradable.
Sandra
Vicente28/5/2018
Todo
el mundo ha sentido o pronunciado alguna vez la frase “los niños son esponjas),
pero ¿hasta qué punto es correcta esta afirmación? Que las criaturas en la
primera infancia asimilan mejor ciertos estímulos es cierto, pero ¿podermos
concurrir en el riesgo de sobreestimularlos? Los niños más pequeños también se
estresan y los adultos han de saber adaptarse a su ritmo; porque cada cerebro
es único y único será también el paso de cada uno por el aprendizaje. Y del
papel protagónico del cerebro en este periplo por la educación hablamos con el
genetista David Bueno, antes de su charla en el 28ª Forum Local de Educación en
Barcelona: El valor de la educación 0-3.
¿Qué hace
que los niños sean tan absorbentes a los conocimientos y costumbres?
En
estas edades, lo que hace el cerebro es adaptarse al ambiente externo, sobre
todo en el ambiente social. Es una etapa en la que se hacen conexiones que
cambian físicamente la estructura del cerebro con el fin de adaptar el
comportamiento al ambiente en el que se vive. Esta es una de las metas más
importantes del cerebro porque allí donde se vive de pequeño, tradicionalmente,
era donde se vivía toda la vida. Ahora viajamos y nos trasladamos, pero como
especie, durante cientos de miles de años, moríamos donde nacíamos y, por
tanto, el que más rápido se adaptaba a su ambiente, era el que más posibilidades
de sobrevivir, biológicamente, tenía.
Esta
etapa condiciona la estructura del cerebro y, por lo tanto, el comportamiento
que tendrá la persona durante toda su vida. Un niño que nace en un ambiente de
alta conflictividad será más impulsivo, ya que en un ambiente en el que hay
amenazas, se debe responder sin pensar, porque si no, no sobrevives. Aunque
todo es reconducible, porque el cerebro siempre es plástico, lo que se aprende
instintivamente en las primeras etapas de la vida en una tarde, puede requerir
de años con el apoyo de psicólogos para ser cambiado.
¿Y qué papel
juega la cuna en esta etapa?
La
pequeña infancia es el momento en que se construyen las bases de los
aprendizajes posteriores y, por tanto, necesitamos generar un ambiente
enriquecedor. Y digo esto porque, aunque es una etapa en la que se aprenden
muchas cosas importantes, nunca serán conocimientos que se podrán enumerar en
un futuro. Y es que nadie recuerda nada antes de los tres años, por lo tanto,
no es necesario abarrotarlos de enseñanzas sino proporcionarles un espacio en
el que puedan explorar libremente, donde tengan juegos, acceso a la naturaleza,
cuentos… y relaciones sociales con los compañeros. Y aquí viene la gracia de la
guardería.
La
escolarización es clave en esta etapa para ponerlos en contacto con niños y
niñas de su edad, en un ambiente en el que tengan libros, canciones y arte al
alcance. Que puedan explorar qué es la pintura, el barro o la música. Que
toquen un instrumento o repican contra el suelo aunque no sigan ningún ritmo
porque, aunque nos pueda parecer un entretenimiento, estos descubrimientos
están aumentando las conexiones del cerebro. Y cuanto más conexiones tenga, más
adaptables serán en un futuro y más conocimientos podrán atesorar cuando llegue
el momento.
¿Se puede
llegar a una sobreestimulación?
Claro,
y se debe evitar porque lleva al estrés, que es la respuesta que da el cerebro
cuando le pedimos más de lo que puede hacer, ya que lo percibe como una
amenaza. Si una criatura estresa lo manifestará, seguramente, de manera
diferente a la de un adulto: estará más irascible y más apático, tanto que se
cerrará en sí mismo.
Por
lo tanto, en vez de querer enseñarles, acabamos generando un rechazo: no es el
momento de rellenarlos, sino de darles elementos para que sean ellos mismos
quienes lo exploren. Piensa que cuando descubres por ti mismo nunca te
sobreestimulas, porque cuando llegas a tu límite lo dejas estar.
¿Cómo afecta
el desarrollo neuronal la socialización en esta primera infancia?
Si
te quedas encerrado toda la infancia en una familia con una cultura concreta
luego te costará mucho más asimilar la diversidad con la que, seguro, deberás
convivir. Si te educas con ella, por el contrario, la mezcla es completamente
asumible. Pero esto no quiere decir que haya que estar ocho horas en la
escuela, no debería ser un aparcamiento para los niños. Sé que a veces no hay
demasiado remedio, debido al trabajo de los padres y madres… y es precisamente
por la falta de estímulos que a menudo hay en el hogar (no por falta de
voluntad, sino por cuestiones de conciliación), que la escuela es
insustituible.
¿Y los que
deciden escolarizar a sus hijos en casa en esta etapa, que deberían tener en
cuenta?
Que
no dejen de lado la exploración: no hay que explicarles grandes cosas ni estar
encima todo el rato. A menudo los elementos más cotidianos pueden ser una gran
fuente de estímulo, ya que para ellos los objetos mundanos ya son nuevos y
especiales. También hay que dar mucha importancia a salir, porque estar en casa
no significa quedarse en casa. Hay que ir un par de horas cada día a pasar un
rato con niños de su edad; aunque no interactúen demasiado en estas edades
están juntos y aprenden unos de otros para que se observan.
La educación
infantil es una etapa muy manipulativa y libre. ¿Cómo es el salto a la primaria
en la que, de golpe, ya hay unos conocimientos estipulados para aprender?
Lo
que hay que solucionar, claramente, son los cambios de etapa. Son demasiado
bruscos y el cerebro no hace un cambio tan grande en un verano como el que
supone pasar de P5 en primaria, sino que lo hace de manera progresiva. Estaría
bien que los últimos meses de infantil y los primeros de primaria se empezara a
cambiar la dinámica paulatinamente. Con calma, que la vida es muy larga y hay
mucho tiempo para aprender: lo que no se aprende en primero, se aprenderá a
segundo. Y si no, a tercero.
El
aprendizaje en la infancia se debe tomar con calma, porque de otra manera sólo
entorpece al cerebro. Adaptarnos al ritmo de cada niño no supone perder tiempo,
al contrario, es ganarlo.
Cuesta
respetar estos ritmos con currículos que cumplir…
Somos
cartesianos por naturaleza: nos gusta clasificar las cosas, pero la educación
debería ser más flexible. Toda la libertad que se tiene hasta P5, cuando cada
alumno avanza a su ritmo, debería mantenerse hasta el bachillerato. Si no se
aprende a leer con cinco años, lo harán con seis y no pasa nada. Precisamente,
haciendo las transiciones más armónicas damos tiempo a los alumnos que aún no
hayan madurado para que lo hagan. Y a los que ya han alcanzado estos
conocimientos, les damos espacio para que los asienten.
Se considera
que la etapa clave para los aprendizajes como leer o empezar a entender
conceptos más abstractos es la de los 4 a los 7 años. ¿Es así?
Sí,
es una etapa clave, pero también es amplia. El currículo prevé empezar a leer a
los cinco años para que cuando se llegue a Primaria ya se pueda seguir un poco
el ritmo. Pero leer es muy exigente por el cerebro, porque necesitas tener las
zonas lingüísticas suficientemente maduras. La mayor parte de niños a estas
edades ya las tienen, pero no todos. Debemos tener en cuenta que el cerebro
madura por imitación y ensayo y error. Quienes vienen de familias donde se
habla entre los miembros y se escucha a la criatura, ya han madurado. Pero hay
hogares en los que la comunicación se hace a partir de palabras aisladas: “su”,
“come”, “calla”, “duerme”… En estos casos, más que forzar a aprender a leer, es
mucho más útil dedicar un año a hablar: que los pequeños se expresen, que escuchen
los adultos hablar.
Además,
para leer también es necesario haber madurado las zonas de abstracción, porque
el lenguaje es abstracto: a un palo vertical con tres horizontales lo llamamos
E, pero esta grafía por sí misma no significa nada. Y el 40% de los niños de
cinco años no ha comenzado a madurar esto todavía y, hasta que esto no ocurra,
no vale la pena enseñar a leer.
No
importa la edad a la que se empiece a leer -bien, quizás si a los siete años
aún no ha aprendido deberíamos controlarlo-. Lo importante es que cuando
comiencen lo hagan porque su cerebro se lo pide, porque lo hacen por gusto. Si
no, sentirán que leer es una obligación y cuando sean adolescentes querremos
que se lean los grandes clásicos de la literatura y que, además, pongan cara de
pasarlo bien.
A nivel
neurológico, ¿qué pasa cuando imponemos un conocimiento?
Si
imponemos algo, la persona no lo verá como un conocimiento útil y lo más normal
es que no lo aprenda. Podrá reproducirlo durante unos días, hasta que supere
una prueba, pero luego lo olvidará absolutamente. Y eso es una lástima porque
se pueden dejar atrás cosas que pueden ser útiles. Pero lo peor es que se acaba
relacionando el aprender a momentos de incomodidad, de temor. De miedo a que si
no lo aprendo me regañan, a suspender o a, si se es más pequeño, que los reyes
te traigan carbón.
Esto
es muy peligroso porque estamos formando personas que asociarán el cambio, la
transformación y el aprendizaje a sensaciones incómodas. Y con ello los estamos
restando calidad de vida porque siempre tendrán que aprender cosas nuevas para
poder adaptarse a la vida y al cambio social.
Y entonces,
¿cómo se incentiva el aprendizaje?
A
través del placer. El incentivo más grande que tenemos es sentir placer:
cualquier actitud biológicamente asociada a la supervivencia se nos
recompensada por el cerebro en forma de placer, como cuando comemos o nos
reproducimos. Y cuando aprendemos cosas también podemos notar placer, ya que es
un incentivo para el progreso, que también es necesario para la especie humana.
Esto no sólo se consigue respetando los ritmos de su aprendizaje, sino
proponiéndoles retos.
Aprender
no debe ser una imposición, sino fruto de una circunstancia interesante en la
que se tengan que buscar elementos nuevos para resolver una situación. Así,
dejar de jugar para ponerse a trabajar no será tan difícil, no digo que sea
divertido, pero…
¿Qué opinas
de los deberes?
Suponiendo
que se hayan de poner (no voy a entrar en la disquisición de si se necesitan o
no), deben ser actividades absolutamente distintas de las que se hacen en la
escuela, porque de otra manera sería llevar la escuela a casa. Hogar y aula
deben ser espacios diferentes, por lo tanto, las tareas que se mandan hacer en
casa deben ser absolutamente diferentes de las de la escuela. Y deben ser
lúdicas: si no son juegos, mejor no hacerlo. Volvemos al aprendizaje por
imposición: cuando salen del centro quieren divertirse y es normal. Así que
debemos proponer un esparcimiento que, además, los enriquezca.
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